23.6.06

21 gramos

Más peligrosos que el cancer, la sida y los terroristas, los coches son máquinas de matar.
Perecen tan inofensivos con sus ruedecitas y sus carrocerías y su tubito de escape y su retrovisor y sus pegatinas... pero tienen más peligro que Humbert Humbert repartiendo caramelitos en la salida de una guardería.
Por eso me parece correcto que los estados inviertan parte del erario público en rodar pequeños anuncios más o menos macabros para acojonar al respetable espectador y recordarle que hay que conducir con cuidado.

Lo que pasa es que Iñarritu se tira más de dos horas para contarnos lo que la Dirección General de Tráfico nos cuenta en un minuto y medio. Y encima, para que no se note que está rodando un macabro y emotivo dramón de sobremesa, no se le ocurre otra cosa que el viejo truco de pasar el guión por un infundíbulum cronosinclástico de esos de la factoría Vonnegut, y queda toda la historia desordenada, en plan moderno y original.
Poner en una película así a Naomi Watts, Benicio del Toro y Sean Penn es tan triste como hacer calimocho mezclando Meca Cola con Augustus Chardonnay.

Nota: un sufi.
(y bueno, ya saben: feliz verbena y si beben no conduzcan)

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