24.2.08

Scarface

Ya está, otra vez la historia del ascenso y caída de un magnate del narcotráfico... y, sobra decirlo, otra vez vuelve a molar (véase el Teorema de la Mafia). Pero ojo, a diferencia de los gangsters que ascienden y caen en las películas de Coppola o Scorsese, que tienen su glamour y su elegancia y saben estarse serios y poner esa cara de "estoy predestinado para ser alguien importante", los rufianes que ascienden y caen en Scarface son cutres y no dejarán de serlo aunque lleguen a estar forrados. Incluso nos recuerdan un poco a los Small time croocks del Woody Allen. Pero ahí reside gran parte del encanto de la peli, en esas imágenes de nuevos ricos viendo la tele en un jacuzzi inmenso, aspirando coca y discutiendo por polleces. Que esto no es New York, señores, ni siquiera es Chicago, ni siquiera es New Jersey, esto lo que es es Miami y en Miami lo más parecido al glamour que conocen es el Julio Iglesias cantando "soy un truhán soy un señor".

El guión es mismamente del Oliver Stone, y hará que pasen a la posteridad esas imágenes del Al Pacino con la napia empolvada como si acabase de coger un sugus en una palangana llena de harina y con una desmedida metralleta en la mano, fuera de sí.

Lo único que me incomoda es que me parece que la moraleja que pretende soltarnos De Palma es que la ambición es muy mala y que el poder y el dinero no dan la felicidad (la Michelle Pfeiffer ya se lo dice al narcotraficante caracortado: "We are not winners, we are losers"), pero, igual que en la mayoría de películas de este subgénero, uno se queda con la idea de que la ambición, el dinero y el poder molan un montón, lo único que pasa es que hay que tener cuidado en detallitos como: a) no drogarse demasiado, b) no olvidarte de quién son tus amigos, c) no darte cuenta de que tienes un corazoncito en el peor momento.

Nota: excelente.

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