21.2.07

El gran silencio

Si te sobran tres horas de tu vida y quieres relajarte puedes a) pegarte una siesta, b) leer una novela, c) ver la tele, d) pasear y e) un amplio etcétera de opciones que Philip Gröning parece ignorar, ya que, para ofrecernos un oasis de paz y tranquilidad en este mundo nuestro tan ruidoso y estresante, ha rodado una peli en la que a penas se habla y a penas sucede nada.

El tío se metió en un convento de monjes de clausura en los Alpes franceses y se puso a filmar el día a día en la Orden de los Cartujos (y según afirma con orgullo, pidió permiso con 16 años de antelación, supongo que para que a los monjes les diese tiempo de ducharse y arreglarse un poco).
Y bueno, supongo que si buscas un día a día más aburrido que el de estos clérigos no lo encuentras. Sopor es poco.
Muchos críticos profesionales han calificado la peli de "experiencia única" y no nos queda más que darles la razón.

Tú entrás en el cine, te apalancas y te dispones a relajarte. Pero empieza la peli y es como si te enterrasen vivo. Intentas no toser ni estornudar ni aclararte la garganta. Si tienes la suerte de estar en un multisalas puedes oir los diálogos de la peli de al lado. Durante la primera media hora quién más quién menos aguanta sin problemas, pero luego te mueves un poco y chirría un poquito el asiento y todo el cine te presta más atención a tí que a la pantalla. Si por un casual te suenan las tripas te conviertes en el rey de la fiesta. Un padré cabrón ha traído a sus dos hijos y al cabo de una hora estos sollozan tan silenciosamente como podían. Un abuelito hace ruidos con los dientes. Cualquier pedete se magnifica como en una cueva con eco. Si entrase una mosca en la sala se armaría un escándalo. Resulta que pocos miran la pantalla porque en la pantalla no sucede nada digno de verse. La experiencia mística está en este lado del telón. Los que abandonan la sala tienen veinte ojos quemándoles el cogote. Media docena de personas duermen, y su respiración te taladra los tímpanos. Una hippie saca un porro y empieza a poner cara de que está alcanzando la paz interior, pero en la otra punta de la sala un joven gafotas está mordiéndose las uñas desesperado y suena así: "¡CLAC!... ¡CLAC!... ¡CLAC!". El aliento espiritual de la película no termina de llegar al corazón del espectador de películas normales, y para relajarse un poco más hay quién se quita los zapatos. Al opresivo silencio hay que sumarle ahora un opresivo olor a pinreles. Los brazos izquierdos se mueven cíclicamente, los ojos nesitan ver cómo avanzan las manecillas de los relojes para confirmar que la flecha del tiempo no se ha detenido. De repente la entropía empieza a parecerte una cosa cojonuda. Se supone que Dios está en todos lados, pero ahora sospechas que también ha abandonado hace rato. Si te concentras puedes oir tu propio corazón, golpeando rutinariamente, sin alegría, sin esperanzas. El vacío se ha apoderado de tu alma. ¿Quizá esto que sientes es aquello que decían de la paz interior? ¿Qué hora es? En la fila de atrás un señor saca una cuchilla de afeitar y empieza a pegarse cortes en la muñeca, pero la calma de la película te permitie oir el blub-blub de los primeros borbotones y logras salvarle la vida.

Una experiencia única, incluso para los no creyentes, sin lugar a dudas.

Nota: un cate, y que dios les bendiga.

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