12.2.06

Una ESO de cine

(educativa fábula basada en hechos reales)

Había una vez un país en el que los bloggeros escribían con faltas de ortografía y los filologos se enorgullecían de desconocer la diferencia entre un algoritmo y un logaritmo.
Sin embargo, los recursos destinados a educación eran modestos, y el principal debate educativo consistía en decidir hasta que punto había que dejar que los curas se acercasen a los niños en horario escolar.
Algún político de pacotilla (y supuestamente de izquierdas) había decidido que lo justo era obligar a los centros públicos a impartir la asignatura de Religión pero que ésta no fuese obligatoria para todos los alumnos.
Esta solución salomónica quedaba muy bonita sobre el papel, pero su aplicación práctica generó algunas dificultades que sólo pudieron mitigarse con la ayuda del Séptimo Arte.

Resulta que durante las horas en las que los corderitos de Dios recibían educación religiosa, no se permitió impartir clases de asignaturas serias a los alumnos ateos, pues algún lumbrera había considerado que en ese caso los ateos terminarían la ESO estando mejor preparados académicamente que los feligreses y eso supondría una discriminación intolerable (seguramente no se tuvo en cuenta que los feligreses ya tendrían su recompensa ultraterrenal), de manera que tuvieron que inventarse una nueva "asignatura" para que los ateos pasaran el rato y se la llamó Alternativa a la Religión.

El temario de Alternativa era más ambiguo que el maquillaje del David Bowie: había margen de libertad siempre y cuando los alumnos no aprovechasen ese rato para aprender a escribir o a multiplicar, así que no fueron pocos los coles que optaron por el viejo truco de aparcar a los chicos delante de una pantalla para que se estuviesen un rato quietos sin molestar (y, dado el contenido de la televisión matinal, tuvieron que pasarse por el videoclub a pillar algunas pelis).
Y así fue como los estudiantes de Alternativa terminaron aprendiendo bonitos valores de la mano de Sean Connery en El Nombre de la Rosa y de Gérard Jugnot en Los Chicos del Coro, mientras sus compañeros aprendían que la resurrección de Jesús el Cristo no fue una vuelta atrás hacia la vida terrenal sino un paso adelante hacia un estado superior.

Pero hubo un problema, y es que los alumnos feligreses lloriqueaban porque también querían ver películas y se sentían más discriminados que si sus compañeros ateos hubiesen estado aprendiendo matemáticas.
Y el profe de Reli decidió que los alumnos elegidos para seguir el camino del profeta también tenían derecho a ver películas en lugar de dar clase en serio...
Pero el tío era tan magnánimo que decidió que una triste pantallita televisiva no era suficiente para sus discípulos, y la cartelera de estrenos tampoco le debió parecer muy interesante, porque no se le ocurrió otra cosa que llevar a los pequeños feligreses al Cine IMAX (megatrasto tridimensional de esos en plan fardón), a ver una peli sobre las pirámides o algo así.

Los críos volvieron encantados y contentísimos, pero la excursión había durado mucho más de lo que suele durar una clase de religión, de manera que al final sucedió que los peores pronósticos se cumplieron: horror, horror, sus compañeros habían estado aprendiendo cosas mientras ellos estaban en el cine!!
Cuando los feligreses se dirigieron a los otros profesores lloriqueando y explicándoles que no era justo porque los que hacían reli no habían podido asistir a la clase en la que se explicó tal o cual tema, la mayoría de profes se encogieron de hombros, sin saber qué decir, pero uno que era muy sabio levantó la voz y habló tal que así:

"Bueno, quizá los exámenes os irán un poco peor que a vuestros compañeros, pero tenéis que apreciar esta lección tan bonita que habéis aprendido hoy gracias a la desorganización del centro y al bonito invento del cinematógrafo".

"¿Y cuál es esa lección tan bonita?", preguntó uno de los alumnos que a pesar de ir a clases de religión tampoco era muy tonto.

"Pues que ya va siendo hora que empecéis a desconfiar de ese dios vuestro"

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