17.10.05

Martín (Hache)

Los suecos son famosos por su capacidad de rodar dramas sobre la incomunicación a base de eternos planos secuencia, largos silencios y a penas una frasecita de diálogo de vez en cuando...
Pero los argentinos han demostrado ser capaces del extremo contrario: ¡rodar un drama sobre la incomunicación protagonizado por unos pesaos que no callan ni debajo del agua!
Y no es que los personajes hablen entre ellos, es que monologan por turnos, cada vez que uno abre la boca es para hacer un discurso.
Su única excusa para tanta verborrea es que son una pandilla de bohemios drogotas, pero lo peor es que resultan más serios y pedantes que los drogotas que uno se puede encontrar en las discotecas o en los lavabos públicos.

El caso es que algunos de los discursos que sueltan tienen su gracia pero la mayoría no. Yo los vi de tres tipos diferenciados:
a) los simpáticos (por ejemplo el del padre que se burla de los patriotismos y el del gay que elogia la libertad y la capacidad de vivir según sus principios)
b) los cursis (las famílias desestructuradas es lo que tienen, que tarde o temprano tenemos que oir al padre en plan autocompasivo arrepindiéndose de no haber pasado más tiempo con sus retoños)
y c) los que incluso son un poco peligrosos (en pleno siglo XXI se me ponen en plan Huxley promoviendo la experimentación con drogas para abrir la mente, como si estubiesemos en los 60 y todos fuesemos inocentes hippies).

No sé, quizá sí que la hubiese disfrutado más si la hubiese visto en pleno subidón de heroína; pero intenté verla sin más ayuda que la de un café y me sobé antes de que acabase, pero ya me imagino que al final se suicidan todos.

Nota: un sufi.

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