23.12.04

¡Qué bello es vivir!

(vista por Spaulding)

No hay una sola Navidad en la que no haya algún que otro canal de televisión que emita la maravillosa ¡Qué Bello es Vivir!. Año tras año, embelesado, asisto a los avatares del personaje interpretado por un insuperable James Stewart. Y no sólo en Navidad, pues en momento muy concretos, recurro al DVD y me la vuelvo a mirar, de cabo a rabo. Una obra maestra indiscutible a la que muchos, escudándose en que se trata de una película cursi y demasiado afable, destrozan sin piedad, negándose a ver que tras ella se esconde un guión de mil pares de narices, una realización milimetrada en cada uno de sus planos y una historia universal y emotiva que, en el fondo (y por muy duros que seamos), ha enganchado a todas las generaciones desde que se estrenó por primera vez.

Personalmente, la Navidad me da cien patadas en el estómago. Ese consumismo compulsivo y la falsa moral de la mayoría de congéneres no me interesan en absoluto. Hemos de ser felices por cojones, porque lo mandan los cánones. Pero, ¡Qué Bello es Vivir! tiene un algo especial que hace que me olvide de mis reparos y neuras sobre el tema, y me dejo llevar por esa magia especial que desprende y que pocas películas más han conseguido.

¿Cuál de vosotros no ha podido resistirse a soltar una lagrimita cuando Stewart empieza a correr por las calles de su pueblo, al grito de Feliz Navidad? Seguramente, durante estas fiestas, volveré a verla, aunque sólo sea para montar un mega-post en mi página. Y, como no, a buen seguro,volveré a llorar.
¡Qué grande era Frank Capra!

Nota: Después de lo que he dicho... pues vosotros mismos.