Cuando Hitchcock rodaba sus películas, las teorías de Sigmund Freud debían estar muy de moda, porque de vez en cuando ponía flashbacks raros en los que los personajes revivían traumas olvidados en el subconsciente o cosas así.
Sin embargo, hoy en día las teorías de Freud están más obsoletas que una colección de pornografía softcore en cintas de video Beta. Por supuesto que el tío permanecereá en la historia de la humanidad como un gran tipo, un cachondo y una de las figuras más influyentes del siglo XX, y lo de popularizar la ides del subconsciente fue un puntazo y lo de ver símbolos de penes en cualquier objeto alargado que se le pusiese por delante seguro que le ayudaba a no perder la sonrisa en las labores rutinarias del día a día; pero lo de la interpretación de los sueños y lo del complejo de Edipo y lo de justificar cualquier trastorno con algún trauma infantil enterrado, eso ya no cuela. Al menos ya no cuela entre los psicólogos serios y las personas instruidas, aunque siga siendo material de primera para estafadores psicoanalistas, opinadores de suplemento dominical y guionistas de telefilmes.
Pero hubo un tiempo en que Freud era la repolla, y el Maestro del Suspense se dejó seducir por su carisma, y si sus pelis no quedan ridículas del todo es sólo porque era un crack y, filmase lo que filmase, lo hacía con maestría. Precisamente por eso le llamaban Maestro del Suspense... bueno, por eso y supongo que también porque tenía un apellido difícil de deletrear.
Quizá si una de sus pelis que mejor aguantan el paso de los años es North by Northwest (también conocida como Intriga internacional o Con la muerte en los talones) es porque en ella los personajes son agradablemente planos y sus neuras son bastante terrenales y el argumento no se contamina con delirios oníricos. Por supuesto que los efectos especiales siguen notandose un poco viejunos y por supuesto que también hay muchas cosas obsoletas, empezando por esas interpretaciones tan acartronadas y terminando por la suprema idiotez de los malos de la película, que cuando quieren matar a Cary Grant, en lugar de pegarle un tiro lo ponen a conducir por acantilados o lo fumigan con una avioneta, pero algunas de las escenas siguen teniendo mucha mucha fuerza (la de la avioneta, aunque no tenga ni pies ni cabeza; o la de los cabezones del Monte Rushmore; o la coña de la subasta...).
En cierto modo, el suspense del Maestro del Suspense también ha quedado un poco obsoleto y ya no asusta como supongo que asustaba en su día, pero tiene un nosequé que sigue molando y sus chistes siguen estando ahí, y pillar un chiste obsoleto resulta más divertido que pillar un chiste fácil. Si en lugar de reirse toda la sala, os reís sólo dos o tres, se establece una complicidad y un sentimiento de pertenecer a una élite cultivada que resulta muy gratificante.
Lo digo porque si está usted viendo esta peli en público y se fija en que, cuando los protas flirtean y empiezan a besarse en la litera de un tren, enseguida se ve la escena desde el exterior y se ve que el tren está entrando en un túnel, acuérdese usted de reirse, porque el tren representa que es un pene y el túnel representa que es una vagina, y el simbolismo de la escena viene a decirnos que Cary Grant y Eva Marie Saint están haciendo el ñogo-ñogo.
Nota: notable.
15.3.09
Con la muerte en los talones
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27.4.07
Tú la letra, yo la música
Dentro de los actos de promoción de Tú la letra, yo la música (una comedia romántica sobre un chico y una chica que al principio no se caen bien pero luego se enamoran y viven felices para siempre), el galán británico Hugh Grant (famoso por haber sido felado por una prostituta con cara de mono y por haber salido en películas como Cuatro bodas y un funeral, Small Time Crocks o Love actually) ha posado para un paparazzi lanzándole una ración de fabada a la cabeza.
Luego le ha preguntado si tenía hijos. El fotógrafo enjudiado ha dicho que sí, y el Temible Hugh ha dicho "pues ojalá se mueran de un puto cáncer".
Para que luego digan que es un actor de un solo registro.
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1:30 p. m.
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Etiquetas: cotilleos, cursi, gastronomía, grant
5.2.06
Arsénico por compasión
Nos encontramos ante uno de los hitos de la comedia y del cine en general.
Y por supuesto que no me atreveré a negar que la cosa tiene un importante valor arqueológico, y que en su día debió ser una hilarante comedia cargada de corrosivo humor negro, y por supuesto que me quitaré el metafórico sombrero ante Frank Capra cada vez que surja la oportunidad...
Pero ya se sabe que a) la inexorable flecha del tiempo es cruel, y b) nos hemos pasado demasiados años de nuestro desarrollo psicológico-cognitivo viendo por la tele asesinatos, puñetazos y coscorrones como para que nos de risa lo mismo que daba risa hace medio siglo.
Y lo que antaño parecía corrosivo humor negro, hoy parece insípido humor blanco o, en todo caso, gris claro.
Si nos ponemos a ver Arsénico por Compasión hoy en día -y nos la miramos sin prejuicios y sin manías reverenciales-, nos resultará difícil encontrarle la gracia a unos diálogos del calibre de: "abuela, ¡hay un muerto en el sótano!", "¿un muerto? qué raro, ¡antes había una docena!", "¡¿qué?!", "¡que antes había una docena!", "¿hay una docena de muertos en el sótano?", "sí, los matamos yo y la otra abuelita", "¡¿tú y la otra abuelita matasteis una docena de personas y las escondisteis en el sótano?!", "sí, yo y la otra abuelita matamos una docena de personas y las escondimos en el sótano", "¡¿tú y la otra abuelita matasteis una docena de personas y las escondisteis en el sótano?!", "sí, hijo mío, yo y la otra abuelita matamos una docena de..." Etcétera.
Por otro lado, el usualmente carismático Cary Grant aquí parece el precursor de la Escuela Jim Carrey, y esto ayuda a desmitificar cualquier cosa.
Nota: un sufi.
(y no tiene nada que ver, pero estos días no está de más apoyar a los humoristas que se juegan la vida por hacer chistes que hacen enfadar a los curas)
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4.11.05
Love Actually
Las comedias románticas son un producto raro: todo el mundo sabe que son pelis de tías, y, sin embargo, los directores y guionistas que las perpetran suelen ser tíos (y los protas normalmente también).
Los argumentos de este subgenero huyen de cualquier atisbo de originalidad para explorar de forma repetitiva los rituales de apareamiento, y, hacia el final del metraje, el chico suele haber perdido o despreciado a la chica y la recupera haciendo algo tonto, desproporcionado y normalmente ridículo y sin dignidad.
Ninguna comedia romántica termina con una reconciliación de esas de pedir disculpas por teléfono, es necesario que el chico pida la mano de la chica en público o se lance a un lago con la ropa puesta o haga mil tonterías para parar un tren o un avión...
Cualquier chica real a la que un exnovio le montase una escena en este plan se cagaría en todos los muertos del chaval; y sin embargo, por motivos oscuros, les encanta ver este tipo de cosas en el cine. Si alguna nos lee ya contará por qué.
El caso es que el paradigma de comedia romántica es este invento llamado Love Actually, que tiene lo mismo que cualquier comedia romántica anterior pero multiplicado por seis y supercondensado en un par de horitas. Sus historias se entretejen cual Short Cuts tontorrón, y, con tantas prisas, los personajes no tienen más remedio que enamorarse a primera vista.
Una vez enamorados, sin demasiados prolegómenos los chicos proceden a hacer las tonterías quue comentábamos con intención de seducir y/o recuperar a las chicas: se tiran a los lagos con la ropa puesta, se cuelan en aviones a punto de zarpar, recorren barrios enteros buscando una media mandarina, viajan tras ellas de un continente a otro y les tiran los tejos delante de toda la familia y conocidos...
Y luego se besan, normalmente también en público, y se sobreententiende que luego son felices para siempre.
Y también se incluyen un par de historias de desamor, pero son sólo rellenos para que los momentos dulces no se amontonen todavía más.
Todo sucede tan a saco, de forma tan cursi y estereotipada que casi parece una fina e inteligente parodia.
No en vano está la cosa firmada por Richard Curtis y Ben Elton, cracks de la tele inglesa que cuando eran jóvenes nos regalaron maravillas como The Young Ones o The Black Adder... Unos tipos admirables que demuestran ser eficientes incluso cuando no se toman en serio su trabajo.
Vamos, que es una peli tan dulce que a los diabéticos les sentará fatal, pero no hay ninguna duda que a las tías les encantará.
Lo que ya es más preocupante es que un servidor también quedó hipnotizado por semejante mariconada y no me había dado ni cuenta y ya me la había tragado de cabo a rabo y con una sonrisa tonta en los labios en bastantes escenas.
(Sí, vale, reconozco que me gustó una comedia romántica que no era un clásico de los 50 ni estaba firmada por Woody Allen, pero sólo se lo digo a ustedes porqué hay confianza. Esto que que quede entre ustedes y yo; mis amigotes no deben saberlo nunca.)
Nota: mi hombría se tambalearía si le pusiese más de un sufi, pero le pondre un sufi muy alto.
(y encima les linko una tira sobre apareamientos y hombres sensibles)
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5:33 p. m.
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6.5.05
Small Time Crooks
(Granujas de medio pelo)
Les sonará a cachondeo, pero Hugh Grant es un buen actor.
Sólo hay que ver su trayectoría: saltó a la fama con Cuatro bodas y un funeral y ya quedó encasillado en papeles de guapetón bonachón un poco pringadillo, y los bordaba pero parecía que no supiese hacer otra cosa... hasta que una noche, pese a tener una novia que era muy mona, el tío prefirió que le chupase la polla una prostituta con cara de mono!
La prensa montó un escándalo considerable y se acabó el encasillamiento... Bueno, lo volvieron a encasillar pero esta vez en lugar de como guapetón bonachón quedó encasillado como guapetón cabrocente cínico miserable granujilla de mierda, y la verdad es que también parece que haya nacido para esto.
De lo que sacacamos dos conclusiones: a) que la belleza física no lo es todo, la belleza espiritual y la habilidad oral también puntuan, y b) que Hugh es un mal marido pero un buen actor que lo único que necesita son buenos guiones (y alguna mamadilla de vez en cuando).
Y Small Time Crooks es la mejor película en la que aparece este pillín de ojos azules (y quizá también la única buena), pero no se puede decir lo mismo del señor Woody Allen... padre de maravillas como Zelig y tantas otras.
Bueno, lo que quizá sí se puede decir es que Small Time Crooks es la mejor película de su última etapa (que va desde Sweet and Lowdown hasta Pilinga y Pilinga, y que ahora se puede ver al completo y por cuatro duros en un ciclo que le dedica la Filmoteca de Barcelona a partir de mañana sábado). Avisados están.
La coña de las galletitas es impagable, y si parece que al final de la peli ésta pierde fuelle es sólo porqué el principio es insuperable y no había manera de estar a la altura (bueno, más o menos como le pasa a la carrera de Woody Allen mismamente).
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12:35 p. m.
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