1.4.07

Delitos y faltas

Según Louis Levy (que a mí me recuerda un huevo a Primo Levi, aunque no sé si Woody Allen lo homenajea adrede o son sólo manías mías): "cada persona es la suma de todas las decisiones que toma a lo largo de su vida".

Y si nos fijamos un poco (y dejamos de lado las paridas del relativismo moral) es fácil ver que algunas decisiones son nobles y sinceras (el camino de Clifford Stern) mientras mientras que otras nos llevan al lado oscuro (el camino de Judah Rosenthal).
En las películas comunes, el guionista es dios y se encara de que los Cliffords sean recompensados y los Judahs castigados...
En el mundo real no sabemos si hay algún guionista divino que cuide de nosotros, pero en caso de haberlo salta a la vista que muy muy eficiente no es el cabronazo.
Sólo el rabino ciego es capaz de conservar la calma y la fe en un dios que no hace nada para evitar fenómenos como a) el Holocausto, b) la coprofilia y c) los machos alfa que roban las novias a los empollones.

Así como hay películas en las que no sucede nada ni parecen tener mensaje alguno y sin embargo trasmiten un mal rollo descomunal a base de silencios y ritmos propios de la tectónica de placas; Woody Allen es capaz de situarse en el extremo opuesto y tratar temas chunguísimos de esos que cuestionan la alegría de vivir, y sin embargo hacerlo en plan trepidante y colándonos unas buenas dosis de chistes en los diálogos, así como si nada, sin pausas para las risas.

Y ni siquiera cae la cosa en el maniqueismo: Allen nos lo ponga fácil para entender las motivaciones del farsante Judah... mientras que Clifford, el héroe de sinceridad intachable, nos parece un gilipollas de incomprensible testarudez al que daríamos alguna que otra colleja para que espabilase. Pobrecico, ya lo decía mi abuelita que no se puede ser bueno.

Cuando la película termina quizá somos un poco un poco más cínicos y estamos un poco más desesperanzados y taciturnos que cuando empezó, pero puede que en los labios nos quede una sonrisa de a) ternura por los personajes (y, ya puestos, por las personas) y b) amor por el cine (y, ya puestos, por la vida)...
Pero ahora si me disculpan voy a buscar algún dios que se apiade de nosotros, que esto de responsabilizarse de nuestro propios actos es agotador.

Nota: matrícula de honor.

Publicar un comentario