23.7.07

Soldados de Salamina

Ramón Fontseré no es un actor, es un monstruo, un camaleón: Boadella le dice que haga de Dalí y se convierte en Dalí, Boadella le dice que haga de Pujol y se convierte en Pujol, Boadella le dicen que haga de Franco y se convierte en Franco...
Y si Trueba le dice que haga de falangista soso, pues va y se convierte en un falangista soso.

Y Ariadna Gil es muy guapa y siempre es un placer verla, aunque todo el rato ponga más o menos la misma cara.

Pero la peli no termina de arrancar, ni siquiera cuando hay escenas de morbo lésbico (softcore) o en el emotivo final con su moraleja de que vale la pena recuperar la memoria histórica (reabrir viejas heridas, que dirían los fachas).
Tiene el ritmo perezoso de Amélie investigando en busca de su novio en el Laaargo domingo de noviazgo, pero sin efectos especiales. Y la obsesión que en la peli de Jeunet está justificada por un amor incorruptible, aquí sucede sin más motivación que el aburrimiento y los desbarajustes hormonales de la protagonista (que, del libro a la peli, le ha caído el pito y le han salido tetas, y en lugar de afeitarse la barba ahora se afeita las piernas).

Y hay un momento en que la prota se pone histérica porque es una escritora mediocre y no quiere que comparen sus artículillos con las obras maestras de la literatura universal, y yo leo entre líneas que que tampoco vamos a pedirle a la novela de Javier Cercas que sea como Por quién redoblan las campanas de Ernest Hemingway, que no hay que pedirle peras al olmo.

Sin embargo, lo que sí podemos pedirle al cine bélico español Soldados de Salamina nos lo concede: que no salga ningún niño orejudo mirando el panorama con la boca entreabierta y los dientes separados.

Nota: un sufi bajo.

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