19.7.07

Tiempo de amar, tiempo de morir

A menudo obedecer órdenes es hacer lo correcto. Dada la imposibilidad de procesar toda la información existente, suele valer la pena especializarse en algo y delegar la toma de algunas decisiones a expertos, políticos, jefes y/o líderes diversos, aunque esta estrategia en apariencia sensata pueda llevarnos ocasionalmente por la senda del mal. El primer ejemplo que se me ocurre es el de la gente que cree estar haciendo lo correcto siguiendo las órdenes de alguna perversa corporación multinacional, pero otro ejemplo sería el de los valientes soldados que creían estar haciendo lo correcto cuando seguían las órdenes de los dirigentes de su país y morían y mataban en pos de una causa chunga chunga como el nazismo.

El pobre John Gavin no era un mal chaval, él sólo hacía lo que le decían, con honor y valentía, faltaría más, pero le dieron un permiso para volver a casa dos semanitas justo cuando empezaba a darse cuenta de que la Segunda Guerra Mundial la iban a ganar los otros, e intuyó que él seguramente moriría al volver al frente, y el tío va y aprovecha esos últimos quince días para:
a) intentar saludar a sus padres,
b) comprender que los nazis no eran tan buena gente después de todo,
c) enamorarse,
d) echar un kiki rápido de esos de aprovechar los últimos cartuchos.

La vida es injusta y el mundo es un infierno, pero Douglas Sirk hace cine bueno, sólido, del de antes.

Nota: notable alto.

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