21.11.04

Titanic

Al final el barco se hunde.
A simple vista podría sorprender que haya alguien dispuesto a pagar para ver otra versión de una película de la que todo el mundo sabe el final, y sin embargo, la versión de James Cameron tuvo un éxito apabullante, sobretodo debido a la también apabullante publicidad y al sorprendentemente efectivo lema “la película más cara de la historia”.
Entre a) la creciente tendencia al despilfarro en efectos especiales, b) los desorbitados sueldos del star system y c) la inflación, no debería sorprender a nadie que cada año haya al menos una o dos pelis que sean la más cara de la historia; y aun así, a falta de algo mejor, a veces siguen usando esa frase para promocionar engendros... ¡y sigue funcionando!

El caso es que hace poco me puse a ver el Titanic de Cameron (más que nada por cuestiones de faldas, lo confieso, yo por amor soy capaz de tragarme hasta el Diario de Bridget Jones II), y me di cuenta de que el invento tenía todo lo necesario para triunfar, era realmente un film para toda la familia, el film total:

A las jovencitas en edad del pavo les enternecerá una historia de amor cursi a matar. A los progres amantes de las pelis con mensaje les emocionará una inofensiva y discreta denuncia al sistema de castas capitalista (de hace un par de siglos). A las víctimas de la LOGSE les divertirá el festival de efectos especiales, ruido de golpes, gotitas de gore, y muertos a tutiplén. Los mayores de la casa seguramente se quedarán con la recreación histórica light y los paisajes. Y los cinéfilos, ojo, los cinéfilos sonreiran de oreja a oreja con el atractivo espectáculo ver morirse a Leonardo DiCaprio de forma lenta y dolorosa.

Nota: Un sufi.

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