16.8.07

El clarinetista sorpresa

Una moza muy glamourosa, con clase, me llevó al Café Vienés del multiestrellado hotel Casa Fuster, a ver un concierto de Eddy Davis y Conal Fowkes, que hacen jazz clásico con sabor a Manhattan.
Era un ambiente un poco chungo, con el público clasificado por estratos sociales: en la zona más rica de la piramide había los que se estaban zampando una cena con un precio comparable al del producto interior bruto de una aldea africana de tamaño mediano... y al fondo de todo sorbían Moët Chandon una pandilla de arribistas que habían pillado por internet una entrada de 13€ (champán incluído).
Yo iba con mis sandalias y mis pantaloncitos cortos, pero había gente muy elegante y los camareros eran muy educados y un poco afeminados.

Y en esto que llega Woody Allen, saca un clarinete y se pone a tocar, así sin más, sin decir ni mu, como si el tío fuese una persona normal.
No saluda, no presenta las canciones, no bromea. Es el padre de algunas de las mejores películas de todos los tiempos y se comporta como si fuese un flautista autista. Cuando deja de soplar por unos momentos (en los solos de piano, por ejemplo) no levanta la vista del suelo, incluso parece que se esté sobando.
Nosotros le aplaudimos, haga lo que haga.
Luego empieza a limpiar el clarinete antes de que termine el concierto, se pone un gorro de dominguero, se levanta y se larga.
Dos seguratas cierran la puerta para que nadie le siga y le atosigue dándole la mano, abrazándole, lamiéndole el culo...
Pasan dos minutos y los seguratas se apartan y nos dejan salir.

No volveré a lavarme los ojos.

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