20.3.09

The Darjeeling Limited

Yo es que soy una persona muy superficial y me pensaba que la gracia de viajar era ver cosas bonitas que estaban lejos de casa, pero poco a poco, a lo largo de profundas conversaciones en los andenes más lugubres de los cinco continentes, me di cuenta de que quién más quién menos viaja para encontrarse a sí mismo.
Si eres superficial como yo, igual al hablar con la gente que viaja para encontrarse a sí misma te parece que están un poco locos, pero si te fijas a menudo esta locura es más común que la tuya, con lo que democráticamente ellos son los cuerdos. En serio, parece mentira la cantidad de gente profunda que hay por el mundo. Hablan todos como si fuesen únicos, pero son legión. Los raros somos los que tenemos problemas para apreciar su fascinante cosmogonía interna.
Pero bueno, quizá los que somos superficiales nos estamos perdiendo un montón de fascinantes singularidades que restan escondidas en los abismos mentales de la gente normal profunda, pero tenemos la ventaja de que nos encontrarnos a nosotros mismos en un plis. Yo normalmente me encuentro en el curro, o en casa, o a veces me encuentro en el cine o a veces en primavera me encuentro en un parque leyendo novelitas a la sombra de un alcornoque. Pero creo que no valoro los encuentros conmigo mismo en toda su grandeza porque a penas me saludo ni nada. A veces me acaricio y me toco, pero eso es otro tema que no viene a cuento.
En un albergue del barrio judío de Krakovia estuve hablando con una chica vegetariana que se comía las colillas de los porros y me dijo que no era posible encontrarse a uno mismo esperando el autobús, que para encontrarse a uno mismo era importante sufrir incomodidades y llevar todas tus pertenencias en una mochila. Le dije que la parada de bus en la que yo me sentaba cada mañana era muy incómoda porque el asiento estaba inclinado y en invierno hacía frío y que a veces iba a trabajar llevando mis cosas (carpeta, libros, bocadillo) en una mochila. Me dijo que yo no entendía nada porque no había estado en la Índia. Que se ve que si vas a la Índia no sólo llegas a un estado superior de conciencia que te permite entender las conversaciones con los rastafarians borrachos sino que incluso te comprendes a ti mismo en un plano astral totalmente desconocido para los que no se han limpiado los bajos en las turbulentas aguas del Ganges.
A mi ir a la Índia me dio un poco de pereza. Me sentí como cuando a te recomiendan algún libro que es muy gordo y que tiene muy mala pinta y la curiosidad habita dentro de tu cabeza pero prefieres esperarte a que hagan la película y así te enteras de qué va sin perder tanto tiempo ni sufrir penalidades. (Además, dicen que si vas a la Índia y adoptas un perrito, cuando lo llevas a España es probable que se coma a tu gato y lo lleves al veterinario y te digan que en realidad lo que has traído es una rata devoradora de mascotas.)

Pero ya está: Wes Anderson, el del Life Aquatic, tuvo el detalle de rodar una peli sobre gente profunda que viaja a la Índia a encontrarse a sí misma y mola un montón. Muchos me han dicho que esta peli es un coñazo y en la sala del cine me quedé riendo solo en más de una ocasión, pero supongo que los otros estaban ocupados encontrándose y saludándose a ellos mismos. "Hola qué tal?", "Pues nada, aquí estamos, viendo una peli", "Qué guapo es el Adrien Brody", "Uy sí", "A su manera", "Claaaro".

Nota: excelente.

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