13.12.08

Garganta profunda

Esta película es un hito importante de la historia del cine, porque es la primera película porno comercializada en las salas. Seguro que había habido pronazo amateur antes de las acrobacias de Linda Lovelace, pero en aquella época no existía internet ni el video ni nada, o sea que la experiencia de reunir por primera vez a montón de pajilleros en una sala oscura y proyectar imágenes gigantescas de gente copulando debía ser algo entre catártico e inquietante, a la par que lucrativo (costó 25.000 dólares y generó un beneficio de más de 600.000.000).
Y ver esta película hoy en día en la tele no tiene ni la mitad del morbo que debía de tener la experiencia original con los piquetes de putitanos pancarteros montando el show a la entrada del cine, pero todavía tiene cierta gracia ir a verla en la filmoteca, que la ponen de vez en cuando con cualquier excusa (por ejemplo este lunes, en homenaje a Gerald Damiano) y resulta muy gracioso, porque en la filmo suele haber un ambiente muy petanquero, como es un cien barato y suelen poner pelis antiguas, se llena siempre de abueletes y abuelillas que tienen demasiadas diotrías para leer la letra pequeña de la programación pero bajan a ver qué les echan, y yo me pensaba que abandonarían la sala pitando al ver los primeros pollotes y resultó que no, que no, que se dejaron atrapar por el argumento y se tragaron la peli de cabo a rabo.

Y bueno, ya que ha salido el tema del tragar y de los rabos, dejen que les cuente un poco de qué la película: resulta que una señorita con problemas para llegar al orgasmo va al médico y el médico la palpa y la toca y la examina a fondo y descubre que a esta señorita lo que le pasa es que tiene su principal zona erógena en la faringe en lugar de tenerla en la entrepierna. Si quiere paladear las mieles del orgasmo, no le queda otro remedio que felar pitos hasta el fondo. Pero hasta el fondo-fondo, eh, fondo-fondo-fondo. Y ya se habrán fijado ustedes que el final de la cabidad bucal suele haber un pequeño colgajo llamado úvula o campanilla que normalmente induce al vómito cuando se toca con un dedo o con un pedazo de comida mal puesto, pues Linda lo debe de tener blindado, porque se pasan toda la peli dándole pollazos y no se le escapa ni una gota de emesis. Otros fluidos corporales si que se le escapan por varios orificios de su anatomía, pero lo más inquietante es lo de la garganta.

Como decía John Donne, no preguntes por quién doblan las campanillas. Doblan por ti.

Pero que no se entusiasmen los jovenzuelos y se lancen a ver este clásico con un paquete de clínex en la mano, que no hay que olvidar que los cánones de belleza de los años 70 no son los cánones de belleza del siglo XXI y las bellas señoritas que aparecen en la película poseen otra belleza más mundana que la de las actrices de hoy en día. Una belleza diferente, más humana y, sobretodo, más peluda.
Pero bueno, también es verdad que el porno de antaño parecía más informal y desenfadado, a lo gonzo; el tío que hace de médico podría ser el Flipy con bigote, y casi ni se esfuerza por aguantarse la risa.

Y por otro lado, no todo es sexo y humor, también hay un instante de mucho suspense en el que dos señores gozan de la compañía de una señorita. Porque uno está sentado en un sofá estimulándole oralmente la almeja, mientras el otro, de pie, la penetra analmente; y de repente, entre bombeo y bombeo, el pito del segundo señor se sale de sitio y le pasa rozando la mejilla al pobre hombre que estaba tan felizmente comiendo marisco. Por los pelos le va que no se lo mete en la boca. Menudo susto. Si a la mayoría de los hombres ya nos incomoda bastante que un pene se acerque a las vecindades de nuestra cavidad bucal, imáginen ustedes qué sentirían si el pollote en cuestión acabase de salir del interior de un culo.

Me pensaba que algún abuelito le daría una taquicardia, pero al final de la peli todos salieron de la filmo con una pinta más sanota y sonriente que la que tenían al entrar.

Nota: notable.

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