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7.4.09

Todos dicen I love you

A diferencia de otros cineastas que tratan a los actores como ganado, Woody Allen tiene fama de tratarlos muy bien y dejarlos hacer lo que les de la gana. No les hace ensayar, no les exige que se aprendan el texto palabra por palabra, no les hace repetir las tomas, prefieres rodar un par de planos largos que tediosas series de plano-contraplano. Paga poco, eso sí, pero sus películas son muy bonitas, sobretodo esta, que es una alegría de principio a fin, y en la que todas las escenas transmiten buen rollo y felicidad. Los humanos se aparean y luego a veces se desaparean pero qué más da. El mundo es tan bonito que no vale la pena preocuparse, mejor cantar y bailar, sobretodo en Nueva York, París y Venecia, y sobretodo en otoño, en invierno, en primavera y en verano.

Sin embargo, entre tantas buenas vibraciones algo chungo pasó con el traductor de títulos, quizá trabajaba bajo demasiada presión o quizá nadie se tomaba en serio sus esfuerzos. El caso es que algo se le atragantó y abandonó el proyecto dejando su trabajo inconcluso. Se intentó buscarle un substituto, pero está el tema muy difícil, ya no queda casi nadie que pueda encargarse de un proyecto de tanta envergadura. Se rumorea que incluso Drew Barrymore intentó convencerle para que volviese a retomar la traducción que había dejado a medias pero todo intento de negociación fue vano. Así se quedó. Todos dicen... I love you.

Nota: excelente.

4.4.07

El club de la lucha

Bah... El club de la sanidad pública española, eso sí que da miedo.
Tú sales de la ducha distraído, te resbalas, te tuerces el tobillo y te vas a urgencias: En la sala de espera descubrirás un abismo de dolor y desesperanza que, si tienes un poco de corazón, te proporcionará material suficiente para tus pesadillas de los próximos cuatro meses.

Chuck Palahniuk y David Fincher no deben haberse resbalado nunca saliendo de la ducha, porque nos pintan un mundo de ilusión y fantasía en el que los moratones y las cicatrices molan, se curan solos y, aunque supuren, tienen un glamour y un poder purificador de almas que ya querrían para sí los hare krishnas. Se creen unos tipos duros, pero su visión de la sangre es tremendamente infantil.

Uno se acostumbra a que el cine banalice la violencia y muestre peleas alegres y divertidas, pero El club de la ducha va más allá del clásico slapstic y propone un nihilismo postmoderno y sadomasoquista que da ganas de decir que sí, que venga Chuck poniendo la nuca que le voy a dar de collejas hasta que le salten los dientes... que intuyo que podríamos hacerle pasar de la "oda a autodestrucción" a la "oda a la autocompasión" pellizcándole un testículo.

Nuestra sociedad nos aliena y nos convierte en máquinas de consumir, claro que sí, Chuck, pero ya me dirás tú si esto se solucionará liándonos a puñetazos.
Que en todo caso, los auténticos tipos duros se lían a puñetazos con los poderosos, no entre los de su calaña... que los miembros de tu club de cobardes nos recuerdan a los tontos franceses de los suburbios que se envalentonaban y mostraban su descontento quemando sus propios contenedores de basura.

Eso sí, la peli es muy entretenida y te atrapa aunque te hayas leído la novela, y la coña de hacer jabón con grasa liposuccionada es muy graciosa... Pero es que uno se para a intentar entender las motivaciones de los personajes y acaba de mala leche.

Notra: un sufi.
(aunque si eres un skin head, un latin king, un ñeta o un adolescente desorientado en busca de aforismos de mercadillo y un pseudocódigo de valores inspirado en lo peor de Nietsche y De Sade, ésta puede ser tu película de cabecera)

4.5.05

Code 46

No son pocas las historias de distopías futuristas en las que un individuo se muestra disconforme con un sistema que le oprime (1984, Brave New World, Nosotros, Este Día Perfecto...), aunque una lectura atenta muestra que en realidad lo que más oprime a estos rebeldes suele ser la bragueta, y lo que les motiva a enfrentarse al sistema es casi siempre el amor por una dama (aunque luego justifiquen sus picores con retóricas más profundas y moralejas que apuestan por a) el individualismo, b) la libertad y c) la autonomía de pensamiento).
No nos engañemos: Winston nunca se hubiese enfrentado al Gran Hermano sin la motivación que le daba el culo de Julia, y Bernard quizá hubiese logrado ser feliz en su mundo si no hubiese estado tan obsesionado por las tetas de Lenina.
Y la tierna Código 46 nos cuenta también un cuento futurista de estos, pero se limita sabiamente a la esencia de la cuestión, y no adorna la trama con demasiadas rebeliones a parte de la de echar un kiki prohibido con Samantha Norton (que tampoco es moco de pavo)...
El prota se supone que tiene una intuición sobrenatural y sin embargo es incapaz de darse cuenta de que todos sus problemas podrían evitarse usando condón; yo le hubiese dado de collejas hasta que le saltasen los dientes.

El caso es que la peli resulta poco creíble pero muy muy bonita, y encima sale uno de los Clash cantando Should I stay or should I go en un karaoke.

Nota: excelente.
(por cierto que Lapidario y Llibert vuelven a hacer shows de los suyos: este jueves 5 al Bass Bar, C/Assaonadors 25; y este domingo 8 al Cafè Galeria Nou-3, C/Doctor Dou, 12)