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9.4.08

Viaggio in Italia

(Te querré siempre)

Los buenos actores siguen esos métodos Rastiplastis que dicen que hay que meterse dentro del personaje hasta el punto de autoconvencerse de que no están actuando sino que están vivendo y experimentando aquello que interpretan.
Vamos, que si tú eres un director de cine o teatro y quieres pillar cacho, puedes hacer que la guapa interprete el papel de la chica que se enamora y, si es una buena profesional, la estarás haciendo vivir unas emociones y unos calentones que la harán especialmente susceptible para el enamoramiento en la vida real.

En serio, el mismísimo Roberto Rossellini, que es un crack, llevaba tiempo enrollado con Ingrid Bergman y parecía que estaban perdiendo la magia y cayendo en la rutina, y el pillo va y hace Viaggio por Italia, una película (protagonizada por su señora) sobre el distanciamiento y posterior reconciliación de una pareja que está perdiendo la magia y cayendo en la rutina.

Y bueno, para qué engañarnos: el amor es muy bonito pero el desamor y las broncas de pareja son un coñazo, ergo si un director buena rueda una peli de amor le puede salir algo muy bonito pero si rueda una peli sobre el desamor y las broncas de pareja pues, por muy bien que lo haga, el resultado no dejará de ser un bonito coñazo.
Aunque la cosa gana puntos extra porque la churri, en lugar de tirarse a la bebida o al butanero como una persona normal y despechada, decide olvidar sus penas amorosas haciendo turismo y, desde la comodidad de la butaca del cine visitaremos museos y zonas volcánicas y montonazos de ruinas y vestigios del pasado que supongo que vienen a simbolizar los restos del naufragio en que parecen convertirse la mayoría de matrimonios. Snif.

Y bueno, si algún día pillamos por banda al traductor tonto que mete spoilers en los títulos, ya le daremos de collejas hasta que le salten los dientes.

Nota: notable.

24.3.08

París, l'amour, le fetichisme...

Tras horas y horas y horas de patear por el Louvre y subir luego a ver lo del Sacre Coeur, tenía los pies como tortillas y los gemelos que parecían trillizos, pero va mi churri y se empeña en buscar el bar de la película de Amélie para tomarnos unas copitas de vino y una tabla de quesos.
Manda huevos con lo fácil que es liar a los turistas, que los quesos estaban buenos, pero, aunque estuviesen malos, los cabrones seguro que estarán aprovechando el rebufo de la película durante siglos. Menudo chollo debe ser que filmen una peli así en tu bar... Y para que nadie se equivocase de local, habían colgado un par de posters de la Audrey Tatou y un hilo de tender ropa con unas pinzas que sujetaban fotos de un enanito de jardín junto a varios hitos arquitectónicos del mundo. En serio.

Y cerca de ahí había otro bar con un cartel inmenso presumiendo de que en él comieron Woody Allen, Drew Barrimore y no sé quién más durante el rodaje de Everyone says I love you, pero no picamos, que Dios dijo hermanos pero no primos.

Lo que sí que volvió a levantar la vena fetichista de mi churri fue la visión del Moulin Rouge, aunque, por suerte, los precios del show ya eran suficientemente disuasorios para que pudiésemos escaquearnos de una sesión cancán. De todas formas, alrededor del mítico molino rojizo había un montón de sexshops y nos pusimos a mirar pollas de plástico y disfraces de infermera, y en esto que vino un francés y nos propuso hacer un intercambio de parejas pero rechazamos la oferta (¡menudo elemento el francés ése, ni siquiera llevaba pareja!)